Leonardo Padura: La neblina del ayer

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Leonardo Padura: La neblina del ayer. Maxi Tusquets. Barcelona 2016. 358 pgs.

Padura nos ofrece otra entrega de Mario Conde, el detective que ya no ejerce, pero conserva el mismo instinto, los mismos modos, incluso las formas éticas. Ahora se dedica a la compra y venta de libros viejos, y se ejercita en la cultura que se ve le sienta bien.  “Su educación tenía que ver con todo esto. Conde, que en su juventud había cometido los más diversos desafueros -robar, copiar exámenes, pagar con trampas- jamás se atrevió a llevarse con afanes personales un solo libro de la biblioteca, a pesar de que Cristóbal había establecido la impensable excepción de dejarlo entrar en al almacén de libros para que hurgara a su antojo y escogiera sus lecturas. Aquel bibliotecario, Cristóbal, que le advertía: Condecito, cada libro, cualquiera, es insustituible, cada uno tiene una palabra, una frase, una idea que espera ´por su lector”.

Pero una vez policía, parece que no consigues librarte del atuendo. El olfato de detective le hace meterse, entre libros viejos, donde duermen crímenes antiguos, latentes, olvidados. Por un lado, una biblioteca suculenta que aparece a la venta, por urgencia económica de sus dueños. Por otro, una foto encontrada entre uno de los libros, de una bolerista de los años 50, a quien parece se tragó la tierra. La artista desaparecida que cantaba boleros, siempre suaves, disfrutando, con un aire de desprecio, medio agresiva, como si estuviera contando cosas de su propia vida.

Y la historia nos lleva al hampa de la Habana, donde la sordidez impera. “El hampa habanera, con demasiadas gentes sin nada que hacer o perder. Demasiadas gentes sin sueños ni esperanza. Demasiado fuego bajo una olla tapada, que más tarde o más temprano reventaría por las atmósferas de presión acumulada”. El Conde se mezcla con todo lo barriobajero y se chapuza de lama. Aunque sea aparentemente un hombre culto, lo que le tira no es la crema de la intelectualidad -como en el chotis- sino lo sórdido, lo perdido, los excrementos de una humanidad que se deshace.

Padura sabe escribir, nos golpea con las palabras que son cincel para esculpir los personajes muy bien descritos. “Masticó el nombre lentamente como si de sus letras obtuviera la dosis de dignidad que su sangre le exigía en ese instante”. La figura de Mario Conde, en protagonismo que llega a empalagar, es el meollo del libro. “Cuando veo cómo va el mundo, creo que alguna vez soñé con arreglarlo un poco para que no fuera un lugar tan jodido, y me tragué la historia de que como policía podía hacerlo. Fue un sueño romántico ¿no?”. Durante las investigaciones, Conde llega a ser fichado por la policía y pasa a estar al otro lado del mostrador. Y de nuevo, la imagen precisa: “Fichar gente en la policía, colocando cada uno de sus dedos en la almohadilla entintada y llevándolos después como peces inertes al cartón cuadriculado. Nunca, hasta ese momento, había entendido las proporciones de la vejación a la que era sometido un ser humano cuando atravesaba aquellos trámites infamantes, sólo en apariencia menos dolorosos pero similares, a los de la res en trance de recibir una chapilla en la oreja”.

Las descripciones que, a modo de ejemplo, anoto a seguir son el colofón lógico de este desengaño romántico: “Su reacción alérgica hacia la violencia o el uso de la fuerza, su rechazo a la propensión policial de doblegar conciencias y dignidades, siempre lo mantuvieron a salvo de aquellos excesos habituales en el oficio y, de paso, lo alejaron de nocivos efectos secundarios como la corrupción que manchó las vida de varios de sus colegas, derribó muchas ilusiones del Conde y lo hizo comprender más claramente la invencibles debilidades del alma humana -aun de las almas que decían tener de su lado el peso del poder y la responsabilidad de la justicia (…) A pesar de sus carencias y frustraciones sufridas por años, todavía podía considerarse un ser afortunado, pues ni él ni sus amores más cercanos se habían visto obligado a atravesar las fronteras últimas del envilecimiento para sobrevivir  (…) La mezcla de los años y los desengaños que desbordaban su corazón terminarían por devolverlo al redil de los que se consuelan con una fe. Pero la idea de esa posibilidad lo aguijoneaba: los conversos podían ser tan despreciables como los renegados y los traidores, pero ser un reconverso casi rozaba lo abominable”.

Desengaños y carencias del protagonista, y los personajes secundarios que van apareciendo, se mezclan con el argumento policiaco, hasta casi empañarlo. Son los personajes, capitaneados por Conde, los que en verdad ocupan las páginas del libro. Por ejemplo, Yoyi el Palomo, socio del Conde en la compraventa de libros: “Una relación que nació como comercial, pero empezó a transformarse en amistad tal vez por las carencias de cada uno de ellos que encontraban complemento en el carácter y las cualidades del otro. La despiadada visión mercantil del joven y el romanticismo trasnochado del Conde, la peligrosa celeridad del primero y la parsimonia y los escrúpulos del otro, la vehemencia a veces irreflexiva del Palomo y la experiencia maligna que sus años policiales habían aportado al Conde. Los equilibraban de un modo peculiar”.

Padura no pierde la oportunidad de criticar el régimen decadente de Cuba. “Un cansancio histórico. Aquí hay cínicos que juran por una cosa y creen en otra, los que quieren parecer perfectos, confiables, pero son todos unos oportunistas de mierda. ¿Han pensado en qué clase de país nos ha tocado vivir? Un país condenado a la desproporción. Somos tan históricos y además no sólo nos creemos los mejores, sino que a veces lo somos. Sentido histórico y mala memoria, indolencia y predestinación, grandeza y levedad, idealismo y pragmatismo, como para equilibrar la carga con virtudes y defectos ¿no?”. Cuando leo estas palabras -así como tantas otras de aquella obra magnífica de Padura (El hombre que amaba los perros)- me viene a la memoria Pasternak, un autor que criticaba los soviéticos y que Stalin nunca se atrevió a tocarle un pelo. La intangibilidad de Padura continúa siendo para mí un misterio: escribe lo que le da la gana, y critica a quien quiere, y sigue tan ancho. ¿Quizá la protección del prestigio internacional?

Pero, todo hay que decirlo, el libro no me conquistó, como lo hizo la historia de Trotsky. Las descripciones no son académicas, sino del hampa, y Padura no ahorra los tonos soeces y en ocasiones obscenos. Le pasa como al Conde, que se remoja en lo sórdido, aunque sabe sus límites, y sabe retirarse antes del desastre. Pero salpica con demasiada frecuencia al lector, lo que es molesto. No haría falta; un escritor de su talla podría tejer el argumento con mayor elegancia, y no dejaría nada en el tintero.

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