(Español) Miriam Weinstein: The surprising power of family meals. How eating together makes us smarter, stronger, healthier and happier. Steerforth. Hanover, 2005. 260 pgs.

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Un ensayo maravilloso que muestra el poder de las comidas en familia, el impacto en la formación de los jóvenes y adolescentes, un modo sencillo y habitual de construir la cultura y las raíces familiares. Un libro que, como afirma la autora, no es sobre comida sino sobre la familia. Ayuda a reflexionar, a escoger opciones correctas, en este tiempo de “fast food, fast-life” que vivimos.

Comentamos algunos trechos significativos:

  • La importancia de los rituales que nos ahorran tener que inventar algo todas las noches. Cuando nos sentamos a la mesa, los actores están allí, y toda la creatividad se dirige a la conversación.  Cuando alguien falta, se nota, y es bueno que se note. “Nothing speaks louder tan an empty chair”(pg. 15)
  • Cada vez que pedimos al niño que no ponga la cuchara sucia sobre el mantel, cada vez que oimos com atención lo que la madre o algún niño nos cuenta, siempre que escuchamos las historias de aquel dia estamos construyendo algo de suma importancia: la cultura familiar  (pg. 19)
  • La escritora relata casos de familias -¿familias? – donde no hay comedor, ni siquiera mesa para comer. Parece que cada uno se las arregla por su cuenta. No es de extrañar que la incidencia de casos de anorexia y de disturbios alimentares sea mayor en estas familias. (pg 22)
  • En importante estudio se demuestra que los niños y adolescentes que cenan 4 o 5 veces por semana en familia tienen una incidencia mucho menor de drogadicción, alcohol o tabaco (algo próximo al 40% menor). Y lo curioso es que parece ser el mejor preventivo para evitar estos desvíos: mejor que las notas que cada uno saca en el colegio, o incluso si frecuenta algún grupo religioso en su comunidad. Ya se ve que las comidas en familia son de hecho insustituibles. (pg. 35ss)
  • Una interesante cita de Epicuro, con la cual abre un capítulo: “Antes de pensar en qué comer o beber, tenemos que preocuparnos con quien vamos a comer o beber. Hacerlo solos es como llevar una vida de león o de lobo”. (pg. 60)
  • El paladar se puede educar. La autora cuenta como los niños mexicanos aprenden a saborear los condimentos picantes que, inicialmente, repulsan a cualquiera. Parece ser que viendo a los adultos saborearlos y hacerlo con gusto, se van iniciando por este mismo camino. El ver comer con gusto, crea una cultura, y un paladar. Esto hace pensar que admitir sin más el “no me gusta”, suele ser en muchos casos falta de haber creado una cultura del paladar. (pg. 63)
  • La cultura de aprender a convivir también se revela en las comidas. Copiando del original, que tiene mas fuerza  “We eat facing each other. It´s the facing each other that´s important (…) Sharing a meal means that we have agreed, implicitly, to eat in the same place at the same time. We have decided to be hungry together. We all eat more or less the same thing. And we try to be pleasant, or at least cordial, to each other (pg. 86, pg 104).
  • Una sugerencia interesante que la autora utiliza para que los niños no se quejen de la comida es colocarlos “en el proceso” de preparar la cena. Se los lleva a la cocina, les da cosas para hacer, solicita su colaboración, y a la hora de cenar, como aquello es de alguna manera, algo suyo, los niños no reclaman de la comida. (pgs. 120ss)
  • “Without meals, a home is just a place to stay”. Eso explica por qué algunos hogares se asemejan más a hoteles o pensiones. Falta el alma, que son las comidas en familia, cuando se puede de hecho integrarse en la vida de los demás.  (pg. 130).
  • Un estudio realizado en Harvard demuestra que los niños que cenaban con sus familias con frecuencia, conseguían mejores resultados cuando eran escolarizados, porque su vocabulario era mucho más extenso que el de los demás. No porque hubieran leído más –no sabían leer- sino porque habían observado a los adultos conversando en la mesa. Las posibilidades educativas de las comidas en familia son de hecho enormes, y este estudio confirma esa intuición que todos tenemos. (pg. 208)
  • Los rituales, al principio, pueden molestar a los niños. Pero cuando se acostumbran son de enorme valor. Porque se apegan a ellos, les gusta la rutina. (pg 235)
  • Una cita original que apunta la pasión que la autora tiene por el tema, como quien lo ha vivido –y continúa viviéndolo- en su familia.

“Supper celebrates our being together, making and marking the transition form work to home, form day to night, from public to private. To increase the effectiveness of our own supper rituals, be aware of how your meal begins and ends. Wait until everyone is at the tables. Say a prayer, or just go around the tables and say something you´re grateful for this day. Light candles, or change the lighting in the room. Make a toast. Wait until everyone has been served before you begin to eat. At the end of the meal, reverse what you did in the beginning. Blow out the candles. Say an after-dinner prayer. Thank the cook. Thank the people who helped prepare/serve/clean up. Thank everyone for being together. (This may be particularly helpful with teenagers, who are immersed in their own busy lives). Some families expect children to ask to be excused if they are finished before the others. I think this is a reflection of the inherently social nature of the event. It is why being sent away from the table constitutes a punishment. A meal is something we undertake together.” (pg 238).

“You do not have to be a wealthy, a genius, or any kind of extraordinary person to provide a satisfying and warm home life. Your family does not want someone extraordinary. They want each other” (pg 240)

  • Al final, la autora cuenta una fábula de la cultura judaica que aplica como colofón del libro. En el siglo XVII un rabino sabio, cada vez que los judíos eran amenazados, se retiraba al bosque, encendía una hoguera, rezaba una oración, y el peligro se disipaba. Su discípulo siguió la costumbre, pero no sabía encender hogueras. Decía la oración, en el mismo bosque que el maestro, y el milagro continuaba sucediendo pues se disipaba la amenaza que se cernía sobre su  pueblo. El tiempo pasó, el ritual continuo, pero esta vez el rabino en funciones no parecía especialmente ilustrado. “Se me ha olvidado la oración de mis ancestrales, no sé encender la hoguera, pero por lo menos recuerdo el lugar donde tengo que ir a rezar en el bosque”.  Y la autora concluye: en estos tiempos donde la gente no reza, ni enciende luces u hogueras, debemos por lo menos recordar el lugar donde tenemos que estar, donde hay que ir. Y para las familias, ese lugar es sin duda su hogar.

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