(Español) Claudia Piñeiro: Betibú

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Claudia Piñeiro: Betibú. Alfaguara. Madrid. (2011). 354                                          pgs 18,5 E

Cuando me enteré de este nuevo libro de Claudia Piñeiro tomé nota, porque me gustó otro anterior que había caído en mis manos. Me resultó simpático, y con miga. No es sólo lo que cuenta –que tiene enjundia – sino cómo lo cuenta, que es lo mejor. Escribe bien, en estilo porteño, que es una variante no sólo fonética sino, por lo visto, gramatical del castellano.  “Escuchás, mirás, pensás, inventás, y escribís. No me interesa que busques la verdad, me interesa que escribas algo que a la gente le atrape, que cuentes ese mundo, que describas a los personajes que vas a ver pasar, eso que vos sabés hacer tan bien. Pensalo, te llamo en dos horas para un respuesta por sí o por no. Ella queda en silencio un instante y luego dice Okey, llamame en dos horas”.

Ese es el convite que Lorenzo Rinaldi, editor de El Tribuno, le hace a la protagonista para que indague –periodismo investigativo- sobre un crimen en un residencial lujoso. Son siempre viviendas suntuosas en los alrededores de Buenos Aires los escenarios preferidos de la autora; y como toda escritora que lo hace con soltura, nos lleva a sospechar de las tenues fronteras entre la protagonista y la misma autora. Se mezclan o, por lo menos, eso parece.

Claudia Piñero mezcla con maestría narración con diálogos, manejando de modo sugerente, inquietante, la puntuación. Alterna los diálogos en el cuerpo del texto corrido, lo que da agilidad a la narrativa; y lo condimenta con el sabor porteño resaltado por los imperativos clásicos “Tomá clases de tenis”. Betibú es el modo porteño de llamar al personaje de Betty Boop, y el apodo que Rinaldi le colocó a Nurit hace años.  “No seas tan complicada te parecés al dibujo y punto. Pero Nurit Iscar era y es complicada , ella no tiene problema en reconocerlo. Si no fuera complicada no seguiría saliendo con vos, fue su contestación a Lorenzo Rinaldi. Complicada y ácida, dijo él. Eso también, confirmó ella”.

Los personajes están magníficamente diseñados, empezando por Rinaldi, un bon vivant de mucho cuidado. “Conoce y respeta todas las reglas de cortesía en el trato social hombre-mujer –reglas entre las que no está serle fiel a su mujer y no arruinarle la vida a ella con falsas expectativas que siempre supo no cumplirlas- y que hoy ya no todos los varones conservan: caminar del lado del cordón de la vereda, abrir puertas –no sólo de autos, también de ascensores, de edificios, de oficinas, de habitaciones de hotel alojamiento- abrir también la puerta de un taxi pero entrar primero para que la mujer no tenga que atravesar todo el asiento y quede en el lugar más incómodo – detrás del conductor, que seguramente tiene su butaca corrida hacia atrás- subir un escalera detrás de la mujer y bajarla delante, cargar con los bultos que lleve, servir la bebida en un restaurante. Y, por supuesto, pagar todas las cuentas”.

Y los periodistas, que son el plato fuerte de la historia, empezando por el repórter veterano, – una especie de Humphrey Bogart- Philip Marlowe, en versión periodística- y el novato que no se aclara. Al pibe le sobra Google y Universidad y le falta calle. Y Jaime Brena, el curtido protagonista, se lo dice claramente: “¿Sabés cuál es tu problema, pibe? Mucha internet y poca calle. Un periodista policial se hace en la calle. ¿Cuántas veces te escondiste detrás de un árbol vos? ¿cuántas veces llamaste a un testigo de un crimen o a un pariente del muerto haciéndote pasar por el comisario fulano de tal? ¿cuántas veces te disfrazaste para meterte en un lugar donde no te dejaban entrar? El pibe no contesta, pero es evidente que nada hizo de lo que le pregunta Brena. Acordate, pibe, mucha calle, ser entrador y mimetizarte con la situación: vos tenés que ser el ladrón, el asesino, el muerto, el cómplice, lo que haga falta para entenderles la cabeza. Y largá un poco la computadora, tanto Google te está haciendo mal.”.

Esa recomendación la he oído más de una vez a los periodistas con muchas horas de vuelo dirigiéndose a los que acaban de salir del horno universitario. La verdad es que el libro –además de divertido- es también una verdadera lección magistral para el periodismo investigativo, que está tan de moda, y se muestra necesario. La autora lo deja claro, porque lo presenta casi más eficaz que la policía o autoridades análogas. Y no ahorra críticas al cuarto poder. “Hay popes del periodismo o ‘intelectuales’ entre comillas hablan con suficiencia desde sus escritorios, muchas veces instalados en sus casas o donde están de vacaciones. Y se creen importantes porque son ‘formadores de opinión’. Pero el asunto es cómo formas esa opinión, qué valores respetás y qué es escrúpulos tenés. Muchos de ellos dan como irrefutables lo que no es más que su propia opinión. O la de otros para los que ellos trabajan. Cuando un periodista se aparta de la información para dar su opinión solo es honesto si aclara qué está haciendo. Se puede opinar, pero no se puede pasar opinión por información”.

Una lectura amena, divertida, saturada de recados. “La debacle de los hombres no es a los cincuenta: o la vida ya los arruinó antes, o los arruina después…. La vejez nos asusta a los artistas, somos seres estéticos, almas jóvenes en cuerpos que envejecen…Él la deja llorar. Hace tiempo que entendió que cuando una mujer llora, lo mejor no es solucionarle el problema sino dejarla tranquila que se desahogue”. Advertencias que son más que frases felices. Son la propia vida, en melodía de tango –no podría faltar- y de dulce tragedia.

Un último aviso. Como diría algún personaje del libro, recién salió la película al cine. Quise verla antes de escribir estas líneas, por si había algo más que decir. Pero no lo hay. La película está bien, mejor que la media, ciertamente agradará. Pero para quien ha leído el libro, le sabe a poco. Es como una versión en gris del colorido que la imaginación de uno consigue crear al compás de la batuta narrativa de Claudia Piñeiro.

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