Mis padres. Un homenaje

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Mi madre se nos marchó a la casa del Cielo el pasado mes de Mayo. No es un eufemismo, sino el modo como siempre hemos denominado –y colocado en los recordatorios de las personas queridas de la familia- , este momento de separación. La enterramos al lado de mi padre, el día 23; justamente 57 años después de esa foto de la izquierda: era su aniversario de bodas. La foto de la derecha, también es de un 23 de Mayo, pero 16 años después, cuando ya todos estábamos por aquí, funcionando con el carnet de familia numerosa, que proporcionaba descuentos interesantes.

Durante las semanas finales de su enfermedad, me rondaba la sospecha de que mi padre arreglaría las cosas para estar, de nuevo, físicamente juntos, ese día que en mi familia siempre se celebró como fiesta grande. Y así ha sido. Recordé, como por reflejo, una de las películas preferidas de mis padres: “Tu y yo”. Y, naturalmente, la escena donde Cary Grant se encuentra con Deborah Kerr en el Empire State. Era una de las películas que Papá compró cuando salieron las primeras opciones de cine a domicilio. Y Casablanca, claro, junto con un gran poster de Bogart y Bergman, que mi madre me dio hace años: “para que lo pongas donde quieras; lo tenía guardado Papá”. Está colgado sobre una pared de la terraza interior que tenemos en la clínica, local destinado a reuniones de equipo, y tertulias de carácter familiar.

Tenían la misma edad. O mejor, Mamá le sacaba unos meses. Era de Agosto de 1928, y Papá de Mayo de 1929. “Del año de la crisis – me dijo, alguna vez- para que no se te olvide. Igual por eso siempre he andado luchando con las finanzas, para sacaros adelante”. Y la verdad es que, a pesar del año 29, la empresa que montó, “la única que me ha funcionado”, nuestra familia, es motivo de continuo agradecimiento a Dios. Pienso que ese fue el motivo de que, en uno de los muchos momentos de crisis económica, mi padre encargase ese papel timbrado, donde nos colocó –como un consejo de administración- a todos. No había mucho que administrar, a no ser toneladas de cariño, de optimismo, de honradez. Al recoger el papel en la imprenta, le preguntaron a mi padre qué era exactamente aquello. Fue cuando pronunció la frase que nos es tan conocida y tan querida: “esta es la única empresa que he montado y que ha salido adelante”. Los años y los frutos –que han ido agregando accionistas y directivos a esa empresa- confirman el éxito del emprendimiento.

Los once nietos, desde el mayor con 24 años, hasta el más pequeño con 8, quisieron ir a despedirse de la abuela en el tanatorio. “Que vaya quien quiera –les dijeron sus padres- que no es obligatorio”. Fueron todos. Y el pequeño me confiaba después: “¿Sabes una cosa? Cuando la abuela estaba en el hospital yo casi le pedía a Dios que se la llevara. Porque estando en el hospital, no podría venir a mi Primera Comunión. Ahora estará en primera fila”. Me impresionó la sinceridad y el interés de un niño, saturado de una perspectiva teológica envidiable. Y allí estaba él, dos días después, muy serio, haciendo la Primera Comunión, seguro de que la abuela estaba presente. Es decir, más motivos, muchos, para continuar agradeciendo. Siempre.

Y es que en mi familia siempre se ha vivido una cultura de la transcendencia, por llamar de un modo elegante lo que es sencillamente fe en Dios y en la eternidad. No se esconde de los niños, y los mayores lo comentan con naturalidad. Mi padre lo ilustraba sonriendo, cuando veía que le dábamos excesiva importancia a cosas del día a día que nos fastidiaban; por ejemplo, cuando el Madrid perdía. “No os pongáis así. Que lo que importa es ir al Cielo”. Y nosotros: “Papá, siempre dices lo mismo. Esto es diferente”….Y él apostillaba: “Ya sabes, a mí, con un metro cuadrado para que me entierren, tengo suficiente”. Lo hacía para quitarle pasión al asunto, pero vibraba con la alegría humana. Cuando se casó mi hermana, ya estaba enfermo, y lo sabía. Disfrutó en la fiesta, viendo como todos se divertían. Y, acercándose, me dijo: “Yo creo que es importante que la gente se lo pase bien. Esto es también santificar la vida ordinaria, ¿no te parece?”. Naturalidad, sin solución de continuidad. Desde que murió mi hermano Pedro, cuando los pequeños pierden algo, siempre se escucha la misma recomendación: “Pídeselo al tío Pedro”. Y el tío Pedro suele atender, y las cosas aparecen.

Estos días he andado pensando en cómo mis padres lo hacían bien. Aunque se llevaban algunos meses, se casaron entre el cumpleaños de Papá y el de Mamá: es decir, cuando contaban los mismos años. Ahora Mamá nos deja en una fecha análoga, de modo que quien haga cuentas (Papá, que murió en 1997 con 68 años, y Mamá ahora con 84) le saldrán los mismos años contados. Papá se adelantó en la iniciativa, y nos dejó un 4 de Julio, es decir, en el mismo periodo de interregno en que apuntaban la misma edad. “No me gusta ponerme tacones altos –me dijo un día mi madre, cuando yo era un crio- porque no quiero parecer más alta que tu padre”. Pues, lo dicho. Siempre al mismo compás, con la misma edad y estatura, como en un baile de esos en que se ve algunas parejas que han pisado muchas veces juntos la misma pista. Como los pasodobles que les vi bailar tantas veces, pues les gustaba bailar. Sintonía perfecta. Y cine. Cuando mi padre murió, mi madre me reveló: “¿Sabes lo que le estaba diciendo a tu padre en el tanatorio? Pues lo mismo que le dice el General Custer a su mujer antes de entrar en batalla, en aquella película ‘Murieron con las botas puestas’- Ha sido un placer pasear contigo por la vida.”

Lo del baile, como el cine, también debe ser cosa de familia, porque a mis hermanos les encanta bailar. Y recuerdo a mi abuelo –a quien le hechizaba Fred Astaire- que, caballero a la antigua usanza, en las bodas donde le invitaban, besaba la mano de la novia y, acompañándose de una reverencia, la sacaba a bailar.

Familia, raíces. Veo a mis hermanos, observo sus cualidades, y adivino rasgos de mi padre en cada uno de ellos, distribuidos en proporciones diferentes, como los factores de un producto. Mi hermano Pedro, que nos dejó hace cinco años, cuando contaba 49, me recuerda las formas cariñosas de mi padre, su dulzura. Papá tenía un temperamento fuerte, pero se fue moldeando con el tiempo, y su mirada, al final de la vida, rezumaba dulzura, compresión. Como Pedro, que siendo distraído por naturaleza, se transformó en el hombre de los detalles. Estaba atento a todos y a todo. Y siempre traía en su bolsa de viaje, sorpresas para cada uno: recortes de periódicos, libros, películas, canciones para los sobrinos. “Pareces Mary Poppins, sacas todo de la bolsa” –le decía mi hermana. Pedro, que no vivía en Madrid, respondía a las quejas de mi madre cuando le decía que le veía poco, con la poesía de Rosales: “Te llevo siempre conmigo. Porque al hombre, como al vino, se le conoce por la madre”. En fin, que se la llevaba de calle.

El producto de Papá que encarna mi hermano Juan me lo hizo notar un amigo, durante unas gestiones complicadísimas en el aeropuerto de Barajas, para embarcar un cargamento grande y dificultoso. Sin perder la serenidad, fue resolviendo todos los problemas que le ponían, sin dejar nunca de sonreír. “Tu hermano es un verdadero solucionador de dificultades”. Como Papá, pensé. Y así es.

También fueron otros amigos los que me revelaron el producto paterno que más se nota en Santi. Habían ido desde Brasil a Madrid, para cambiar impresiones sobre un colegio que estaban montando, y mi hermano llevaba ya muchos años con el tema de la educación y de los colegios. Me contaron después que les ayudó mucho, más que los consejos concretos, la actitud “Nos hizo sentarnos en su despacho, sonrió y nos dijo: bueno, ¿qué os preocupa?” Una actitud –pensé- como la de Papá, que le quitaba importancia al asunto, con serenidad, y sabiendo ir directo al tema. Al parecer le expusieron las dificultades que estaban enfrentando por el modelo de colegio que querían promover. Santi fue muy claro: “Aquí también vienen personas que hacen sugerencias, que si podríamos hacer esto, o lo otro. Yo siempre les digo lo mismo: aquí vendemos café. Hay quien quiere café con leche, chocolate, cappuccino, y las opciones del mercado de educación ofrecen todo eso. Pero aquí, lo nuestro, es café”. Serenidad, y franqueza honesta. Otra característica que recuerdo en mi padre, que no se andaba con rodeos. Al pan, pan; al vino, vino. Y no hay más. Y todo sin enfadarse, sin dejar de sonreír, con afabilidad.

Y mi hermana Mariluz, “la niña” como la llamábamos cuando éramos críos, por ser la única, y la pequeña. Hoy, madre de seis hijos, noto que ha incorporado de mi padre el saber disfrutar de las cosas menudas, celebrar las conquistas domésticas. Un plato que una de las niñas ha preparado, una película que ven en familia, una excursión con los niños, una escapada de escasas horas con su marido porque no hay como ausentarse más, o un libro que lee a ratos, sin que yo consiga sospechar de dónde saca el tiempo.

De mi padre, también yo me veo retratado en algo que me consuela –sabiendo que voy a ser así hasta el fin de mi vida- y que al mismo tiempo me inquieta, por lo que supone de riesgo. Los sueños, las ideas. Quizá porque siendo el primogénito, mi padre me confiaba sus planes, sus sueños. Mamá le decía: “Pablo, que pareces la lechera”, refiriéndose al conocido cuento de la moza que cargaba el cántaro de leche, pensando en lo mucho que iba a conseguir con aquello, y tropezando se le caía, rompiéndose y derramando la leche, y los sueños. Como yo también soy Pablo, siento que me lo decía a mí –muchas veces también después, con la mirada- pero sin criticarnos a ninguno de los dos. Los sueños eran parte de nuestro modo de ser, de mi padre y mío, y a mi madre le habría extrañado que los abandonáramos.

¿Dónde entra mi madre en estos factores del producto paterno? En el equilibrio, en la armonía, en la mesura, en el detalle. Por ejemplo, las fechas de los cumpleaños y santos, que siempre recordaba, y nos hacía recordar. Cuando pasaba por Madrid, lo primero que me decía era siempre lo mismo: ¿Ya has llamado a tus hermanos? ¿Y a tu tía? ¿Y a fulanito? Y, notando que me liaba con las muchas cosas que uno tiene que hacer en esos viajes rápidos –que, ahora lo veo claro, no quiere decir que sean las más importantes- pescaba el teléfono, llamaba, y me lo pasaba. Sin posibilidad de escapar. Gracias Mamá. Creo que, a pesar de las distracciones, he heredado de ella la facilidad para guardar fechas importantes, cumpleaños y aniversarios variados.

Mamá nos congregaba, y cuando Papá ya no estaba, continuaba haciéndolo hasta donde le llegaban las fuerzas, hasta el final. El día de Reyes, durante muchos años, invitaba a todos a comer: hijos y nietos. Tuve la suerte de estar presente, hace un par de años, en una de las últimas reuniones de Reyes, donde aparecían los regalos que los Magos habían dejado en casa de los tíos.

Mamá congregaba a todos. Siendo hija única –perdió su única hermana cuando era muy niña- estaba tan unida a mis tíos y tías paternas que más parecían hermanos que cuñados. Así me lo decía un primo estos días: se ha reunido con sus hermanos, pues nunca fueron cuñados. Congregaba amigos, familiares, conocidos, y buscaba nuevos amigos. Ya lo sabía, pero estos días, viendo la cantidad enorme de gente que desfilaba para despedirse de ella en el tanatorio, lo pude comprobar con emoción.

Y gastaba tiempo con las personas. Como decía otro primo: tu madre es una mujer que ha vivido para los otros. Recordé las reuniones de los sábados por la noche, con matrimonios amigos, la mayoría padres del colegio donde estudiábamos y que mis padres promovían, porque también estuvieron toda su vida enfrascados en la educación de los hijos. Algunas veces en mi casa, otras en casa de amigos, alternándose en cada ocasión. Cierta vez le pregunté a Mamá: “Oye, ¿y de qué habláis hasta tan tarde en esas reuniones?”. La respuesta directa no se me olvidó nunca: “¡De vosotros!, de qué va a ser”. La empresa de mi padre, la única que funcionó, tenía una gerente de la mayor eficacia que trabajaba en los bastidores.

Papá lo sabía, y me lo dijo un día que pasé por Madrid, cuando llevaba fuera de España más de una década. “Tú ya sabes que yo, sin tu madre no soy nada. Yo no cambio a tu madre por nadie. Eres el mayor, y te lo digo claramente”. Yo le miré muy serio, no sabía dónde iba a parar aquello. Pero él, sonriendo, y con aquel aire de quien, al mismo tiempo, junta los deseos con la realidad, añadió: “Yo creo que va a ser así. Primero la abuela, después el abuelo (mis abuelos maternos vivían con nosotros). Después irá Mamá, y yo me agarraré a su mano, para ir derecho al Cielo”. Era una mañana soleada, de otoño madrileño. Recuerdo perfectamente el lugar, y el momento.

Así nos formaba mi padre: haciendo consideraciones –sueños, pero también oración- en voz alta. Porque nunca dejaron de hacerlo; ni papá, ni mamá. Cuando vinieron a verme a Brasil –donde yo llevaba más de 20 años viviendo- también me daba recados. Una tarde fui a buscarlos al hotel, llegué un poco después de la hora en que habíamos quedado. Papá, que en aquella época ya estaba enfermo, hablaba menos, pero observaba todo. Sintió que yo andaba liado, con muchos compromisos. “Pablo –me dijo- yo creo que si te limitaras a hacer lo que te llega pasivamente, sin buscar otras cosas, ya harías bastante”. Confieso que recuerdo con mucha frecuencia ese consejo, aunque no sea fácil ponerlo en práctica. Pero en eso estamos.

Mi madre también no perdía la oportunidad de formarme, sin importarle la edad (la mía) ni la distancia. Una vez pasé por Madrid, camino de Barcelona, donde me esperaban las sesiones finales de un curso de dirección de empresas que estaba haciendo. “Y tú, siendo médico, ¿cómo te metes a hacer un curso de esos?” –me preguntó. Contesté sin pensarlo: “Mamá, ¿sabes que estoy aprendiendo a escuchar a las personas?”. Sonrió y respondió: “Hombre, me parece muy bien ese curso”. Como quien dice: finalmente, a ver si te enteras.

El viaje a Brasil, un año antes de morir mi padre, y para celebrar sus 40 años de matrimonio, se me presenta lleno de recuerdos que están escritos por ahí. Las cartas familiares son un tesoro que guardamos –ellos y yo- porque revelan quién somos. Ya decía el Cardenal Newman –que escribió más de 30 mil – que escribir la biografía de alguien supone hacerlo a través de sus cartas. De las cartas de mis padres he extraído muchas veces la savia de las raíces de familia. Fue en una de sus últimas cartas, cuando mi padre me hizo el siguiente resumen del viaje a Brasil: “Ahora -que lo hemos vivido- solemos decir que todas las personas deberían poder conocer Brasil y sus gentes antes de llegar al cielo, para que la impresión fuera más llevadera…. “menos traumática”. Para mí es mucho más que un elogio; es una confirmación de que el país que me acogió, hace casi 40 años, es un verdadero hogar. Como si mi padre dijera: “Pablo, eso es lo que tienes que hacer. Trabajar en Brasil”. Era el modo como nos entendíamos también, leyendo las entrelineas.

En estos últimos meses, cuando la enfermedad de Mamá se agravó, me encontraba revisando las pruebas de un libro que acabo de publicar: Lecciones de liderazgo en el Cine. Redacté la dedicatoria pensando en mi familia que nos ha educado con el cine, y destaqué el liderazgo sereno de mis abuelos, de mi hermano Pedro, de mi padre, ahora desde la eternidad.

Cuando, semanas antes de presentarlo, el libro llegó a mis manos de la imprenta, mi madre estaba viviendo sus últimos momentos. Saqué del paquete un ejemplar, y escribí, encima de la que estaba impresa, una dedicatoria a mano. “Para mi madre que, que con su ejemplo dedicado, con ternura y alegría, me enseño a ver en el cine, todo lo que se anota en este libro. Con todo el cariño de mi corazón”. Lo mandé por correo. Y también hice una fotografía de la portada y de la dedicatoria y las envié por e-mail a mis hermanos. Mamá vio las fotos, pero el libro llegó cuando entraba en coma. Recordé, entonces, la historia de mi padre, cuando quería agarrarse a la mano de mi madre, en el último momento. Y pensé que había sido él quien ahora le tendía la mano, para incluirla en la dedicatoria del liderazgo, repleto de paz, desde la eternidad. “Yo, sin tu madre, no soy nada”-me pareció escuchar dentro de mi corazón. Y como Mamá no se ponía tacones altos, se dejó llevar, como siempre, en silencio, sin hacer ruido.

En una de sus últimas cartas mi padre me contaba sobre la lápida que habían puesto a mis abuelos en el cementerio. “Después de los nombres, hemos añadido ‘Gracias por todo’. No nos habíamos parado a pensarlo, pero ahora vemos que, con parecidas palabras, es más o menos lo que vosotros nos dijisteis en vuestra dedicatoria de aquella fotografía que nos hicimos en 1987. Claro!: la gratitud es algo que, pensando en los padres, es lo primero que nos viene del corazón a la boca”. Como siempre, Papá tenía a mano – y tiene- la palabra final. Ese es el mejor resumen de este homenaje a mis padres: ¡Gracias, muchas gracias, por todo!

Madrid- São Paulo, 2013

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