Juan Antonio Vallejo- Nágera. “Concierto para Instrumentos desafinados”.

Pablo González Blasco Livros Leave a Comment

Juan Antonio Vallejo- Nágera. “Concierto para Instrumentos desafinados”. Planeta. 1997. Barcelona. 184 págs.

Hace más de 20 años que leí, disfruté, y me emocioné con este libro. Una época donde iniciaba mi trayectoria como profesor de medicina. Recuerdo haber comentado algunos trechos con mis alumnos, para introducirles al humanismo médico, es decir, a la postura que todo médico tendría que adoptar. Nada nuevo; como dice mi hermana que es profesora de filosofía, “eso del humanismo médico que tú enseñas es lo que los médicos hacían naturalmente hace 60 años…..y se les ha olvidado”. 

Ahora vuelvo a releer las páginas de Vallejo-Nágera, que me parecen todavía más luminosas. Debe ser el efecto de saborear situaciones que, en cierto modo, los médicos veteranos hemos tenido el privilegio de vivir también. El gatillo para sacar el libro del estante fue una charla con un amigo, que me contó sobre una enferma -la madre de otro amigo, ya fallecida. 

Parece que la señora en cuestión padecía de una psicosis muy grave, y estaba ingresada con frecuencia. Los hijos no entendían como su padre -el marido de la enferma- conseguía aguantar la situación, y no la abandonaba (cosa que ellos habrían hecho, según mi amigo). Cierto día, llamaron del hospital psiquiátrico pues la paciente había engordado, y no conseguían sacarle la alianza que estaba comprimiendo el dedo anular, corriendo riesgo de perderlo. El marido y uno de los hijos fueron al hospital, y cuando se dispusieron a cortar la alianza, la enferma -que no los reconoció- gritó: ¡No! Eso no puede salir del dedo. ¡Nunca!. Fue un golpe que emocionó al marido, hizo entender al hijo, y  me provocó un deseo enorme de volver a la lectura de los instrumentos desafinados. 

Este Concierto que Vallejo- Nágera plasma en su libro, no se puede describir. Hay que escucharlo. Con calma, degustándolo, apreciando las variaciones de esta música que suena en registros donde nuestro oído -tan prosaico- no siempre está preparado para captar. Más que contar, o comentar, vale destacar los efectos que la música provoca, y ver si sirve para que otros puedan también afinar el oído. 

 Higinio, un hombre de pueblo, sin cultura pero con una finura de alma envidiable. Escribe a su médico después de recibir el alta:  “No fui por la recogida de la aceituna, que aquí en el pueblo es ahora la furia de ella (…) En llegando al pueblo hube mucha soledad (…) Cuando la vi, me dije: poco he de poder o me he de casar con esa”. El psiquiatra escribe sus reflexiones: “Tiene el ritmo melódico de una sonata barroca. Milagro verbal. Proeza literaria de alguien que nunca fue a la escuela.  Sin saber por qué me puse triste y te juro que jamás, Higinio, jamás he vuelto a sentirme superior ante alguien a quien el destino ha dado menos oportunidades. Ahora podías decirlo porque las habías superado gracias al encuentro con una mujer como tú. Ya lo dije, has influido mucho en mi vida”.

Los diversos relatos tienen el encanto de quien sabe ver y escuchar este concierto singular. “Creí volver a los primeros cursos de la carrera. Las reformas hospitalarias llegan siempre con retraso a los centros psiquiátricos, y aquél tenía una dotación de cinco pesetas diarias por enfermo, para alojamiento, comida, asistencia médica, fármacos, vestido y tabaco. Puede imaginarse la calidad de todo ello (…) El entierro en la fosa común tiene en esos años un costo de 17 pesetas. Si nadie lo paga, el cadáver pasa a la sala de disección. No hay que hacer un esfuerzo de imaginación para comprender el dolor de quienes no podían aportar las monedas imprescindibles para liberar los restos de un ser querido de esta tétrica desmembración final”

“En los manicomios, como en todas partes, se encuentran ángeles y demonios. Hay que saber identificarlos. A los demonios es fácil porque atormentan. Los ángeles, por ser silenciosos, con frecuencia pasan inadvertidos. Como aquel enfermo que no conseguía moverse pero tenía íntegro el intelecto: “Por favor, no se moleste, no hace falta. Dios es tan bueno que hace que de vez en cuando vea pasar un pájaro”. Ojos penetrantes, con una mirada que no he podido olvidar: (Leí unos versos, no me acuerdo del autor. Explican muy bien lo que hay que hacer): Baja, y subirás volando al cielo de tu consuelo, porque para subir al Cielo, se sube siempre bajando.” 

“Las enfermedades psíquicas pueden deteriorar la mente dejando intacto el corazón. Hay locos generosos y otros mezquinos, abnegados, vengativos, sensibles, violentos, sufridos, despiadados. Todas las variantes de la bondad y malicia humanas, vestidas con el multicolor ropaje de la locura (…) Los achaques de la mente convierten a la persona en una caricatura de sí misma, con la exageración de todos los defectos del carácter. El enérgico se convierte en violento, en avaro el ahorrador, el desenfadado en grosero, y el presumido en portador de una vanidad pueril, ostentosa y ridícula (..) El paciente siempre viene buscando algo a la consulta. ¿Qué quería éste? La respuesta me tiene aún perplejo: Quería seguir amando”.

“Habían enviado del hospital dos enfermos como de costumbre, y mi improvisado sustituto decidió aprovechar aquel material docente. Parecía muy interesante la historia clínica de uno de los enfermos. El médico los desconocía ya que trabaja sólo en la cátedra y no en el hospital.  Necesitando los alumnos ver enfermos para aprender, a cada clase solían acompañarme dos o tres del hospital. El viaje en la furgoneta a Madrid, la paradita en un café, la conversación con los alumnos… suponían una ruptura de la monotonía hospitalaria, que muchos pacientes codiciaban: ¿Doctor, cuándo me lleva usted a clase?

“Muchos médicos se niegan a dar al paciente los títulos que pretende poseer, con el argumento de que se le refuerza el delirio. Es una precaución innecesaria. O el enfermo sana, o no se cura. En este último caso da igual, y en el primero él mismo corrige el error.  Bastantes sufrimientos aporta la enfermedad, para que los médicos nos permitamos aumentarlos (…)  Con los médicos y estudiantes de prácticas en el hospital se tomaban precauciones, dando al encuentro una versión satisfactoria para el delirio del ‘Príncipe’. ‘Hay una comisión que desea visitarle, ¿acepta recibirles?’. Eran los ‘súbditos leales’ que mencionaba a su prima. Por fortuna mi maestro nos había inculcado a todos sus discípulos que un psiquiatra jamás puede juzgar a sus enfermos. Tenemos que aceptarles como son. Ayudar, sin ningún tipo de rechazo; sin tolerar que brote en nuestro ánimo el menor atisbo de repugnancia, hostilidad o desprecio. Sólo así se puede comprender”

El autor no ahorra críticas a los médicos que no asumen la postura que se tendría que esperar. “Un mal día llegó enviado por Sanidad y sin ningún derecho, una cataplasma humana con título de médico que proporcionó más quebraderos de cabeza que todos los enfermos juntos. Ignorante, rígido, suspicaz, pleitista, ineducado; desde el primer día se dedicó a plantear conflictos y a no resolver ninguno.  El sentido común está muy poco difundo. Todos somos un poco lo que nos creemos, y en cierta medida logramos convencer a los demás”. Y tampoco ahorra el buen humor: “Dos psiquiatras seguidos acaban con la paciencia de cualquier alto funcionario (…) Puedo prometer, y prometo, que a los psiquiatras lo único que nos interesa es curar a nuestros enfermos y hablar mal de los colegas. Como todos los médicos”. 

Ironía fina que se extiende a la educación injustamente condenada por los políticamente correctos: “Ahora se dice que estos jesuitas eran unos monstruos traumatizantes para sus alumnos-víctimas. Lo cierto es que la mayoría de sus antiguos discípulos no nos enteramos de que nos torturaban, ni ahora nos embarga el justificado rencor que se nos dice debemos sentir. Posiblemente es falta de sensibilidad o de memoria, pero… ¿de tantos a la vez?”.  Y a su tierra natal, Asturias: “En sucesivas estancias en el Principado se contagió de la diabólica habilidad que los habitantes de mi patria chica tienen para motejar (…) Doña Brígida era todo un ‘quiero y no puedo’  de la apariencia y el atractivo, que dio lugar al remoquete de La glamorosa sexapilera (..) Los asturianos la emplean con crueldad despiadada. Insultan mejor que nadie. Es un deporte local”

Y naturalmente a las posturas equivocadas de quien quiere ayudar y no tiene idea del terreno que pisa. Algo que el autor comenta, largo y tendido, en su obra famosa Ante la Depresión. “Tanto los parientes como los amigos y el mismo médico acaban diciendo: ‘Lo que tienes que hacer es distraerte, salir, caminar, ir a los sitios, ver gente, viajar y olvidar esas tonterías…’. La gota de agua que hace rebosar el vaso de amarguras del enfermo de melancolía suele ser este tipo de consejos, porque con ellos se encuentra víctima de la incomprensión y de la mayor de las injusticias. Su enfermedad consiste en la imposibilidad de ‘distraerse, salir, etc.’. Un filtro maligno se ha instalado en el cerebro cerrando el camino a todo lo grato o consolador y en cambio actúa amplificando todo lo desagradable o doloroso. Por lo tanto tampoco puede ‘olvidar esas tonterías’.

Vallejo-Nágera deja claro lo que pretende con este concierto de instrumentos desafinados: “Este libro es en esencia, una muestra de lo que los médicos sólo podemos ver si nos quitamos durante unos minutos las gafas de los conocimientos técnicos, y miramos al hombre con los ojos humildes y afectuosos de un ser humano como otro cualquiera”. Magnífico gran finale para esta partitura encantadora y pedagógica del psiquiatra español, que sabe dirigir una orquesta desafiadora y entrañable. 

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