(Español) Carmen Laforet. “La insolación”

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Carmen Laforet. “La insolación”. Destino. Barcelona. 317 pgs. 2007

     Después de la obligada cuarentena en mi estante –uno acaba adquiriendo libros a un ritmo muy superior a las posibilidades de lectura- , le llega la hora a una de las novelas más conocidas de la autora. A mi modo de ver, nada de especial. Quizá porque nos acostumbramos con argumentos rápidos, repletos de sorpresas e intrigas, y lo que tiene un paladar rutinero nos sabe a poco.

     Laforet nos cuenta, sin pretensiones, tres veranos de tres adolescentes, en la costa mediterránea. Son los duros años de la pos guerra en España, cuando la gente se iba recuperando del bache y todavía no tenía claro a qué atenerse en el conflicto que se hinchaba por Europa: “1942 trae dentro de él muchas matanzas. En Alicante también hay alemanes, Aunque existe la División Azul, existe una paz en España. Una paz débil, quizá, como un cascarón. Pero dentro del cascarón uno se siente protegido y puede hablar de estrategia con los amigos.”

     Los tres amigos son Martin, hijo de un militar, y dos hermanos, Anita y Carlos. Los hermanos tienen la iniciativa en juegos y diversiones –a veces sobrados de un pedantismo que irrita. Pero Martin no se subleva, y se conforma con un papel secundario, acompañando a los hermanos como perro faldero. Y hasta se atreve con pinitos filosóficos: “¿Vosotros os dais cuenta de que sois felices? Yo me doy cuenta de la felicidad estos días Cada minuto, cada segundo de estos días”.

     Yo también recordé, mientras leía arrastradamente las páginas de Laforet, mis veranos de niño, los juegos, tan sencillos que hoy me parecen una simpleza, donde la imaginación era el ingrediente especial que creaba escenarios inolvidables. Algo que todos llevamos juntado a nuestras raíces, que nunca se olvida.

     La gente –nosotros también- se conformaba con poco. Con la amistad, con la imaginación fértil, con la convivencia ente amigos que incitaba alguna riña, pero sin susceptibilidad, sabiendo amoldarse a los otros, y divertirse, y pasárselo bien. Algo que en los días de hoy, saturados de nuevas necesidades que nos creamos y financiamos, nos parece pobre, pero era lo que nos enriquecía. “Yo quiero vivir como todo el mundo Y no necesito nada para vivir. Un poco de pescado, unos tomates. No quiero más.”. Así de sencillo. Para mí, el mejor recado de este libro, que despierta evocaciones entrañables. No hace falta mucho para ser feliz; no depende de un amplio menú de variedades sofisticada, sino de profundidad interior.

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