Arturo Perez Reverte: “El francotirador paciente”

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Arturo Perez Reverte: “El francotirador paciente”. Editora De Bolsillo. Barcelona. 2015. 302 pgs.

Escribe bien, delinea los personajes con un par de trazos precisos, te mantiene en vilo – ¿cómo no recordar el Maestro de Esgrima? – pero le falta algo. “Se me cae de las manos” -me dijo en cierta ocasión un lector voraz cuando le pregunté por la última obra de Pérez Reverte. A mí también casi se me ha caído esta, aunque pesa poco y se le rápido, y me pregunto dónde y qué leí en su día para colocar este libro en mi lista de pendientes.

Quizá porque es innegable que Pérez Reverte narra bien, tiene pegada. Y provoca la imaginación, porque es sugestivo. Una muestra: “Algunos empleadores estúpidos tienden a confundir el interés por tu trabajo con la disposición a cobrar menos por hacerlo” O esta: “Las ciudades de todo el planeta están llenas de gente que va de un lugar a otro en vuelos baratos para comprar las mismas prendas que a diario puede ver expuestas en los comercios de la calle donde vive”.

Y también porque cuando se pone, da recados que son cargas de profundidad que hacen pensar: “Era simple condición humana: todo claudicante necesita a otros, del mismo modo que un traidor anhela que haya más traidores. Eso significa consuelo, o justificación para atenuar el remordimiento propio. Para borrar claudicaciones y compromisos. Necesita la infamia ajena para sentirse menos infame. Eso explica el recelo, la incomodidad, incluso el rencor suscitados por quienes no transigen”. Aquello de que el hombre honesto -y el santo- resultan incómodos para los que conviven con él, porque son un recuerdo vivo de lo que hay que hacer, y pocos hacen. El escritor se apunta un tanto, aunque más parece de consolación, en el desangelado conjunto.

Porque, aun siendo la prosa elegante y bien construida, ingeniosa y suspicaz, hay asuntos de fondo que te ofuscan, sobre todo porque se ve que no les da importancia. Como García Márquez, donde las disonancias morales -que parecen no importarle al artista- suenan al oído del lector como teclas aporreadas. No encontré el thriller que habían anunciado en la crítica que leí, quizá porque las discrepancias tonales me distrajeron, o hasta se me atragantaron y tardé en recuperarme para coger el hilo de la narrativa. Eso sí, todo muy políticamente correcto, con sus hálitos de protesta intelectual, pero nada más. Como él mismo escribe en una de sus descripciones: “Todo muy correcto y muytrendy. Muy de foto para el dominical en color de El País”. Pues eso.

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