(Español) Reyes Calderón: "El Último Paciente del Doctor Wilson"

Gabriel Brandão Leave a Comment

Reyes Calderón: “El Último Paciente del Doctor Wilson”. Planeta, Barcelona.2010. 484pgs

     El cansancio de final de curso me convenció que necesitaba algo para divertirme, sin pensar. Como la tenía a mano, y me había gustado la novela anterior que leí a principios de año, me zambullí en otra de las aventuras de la juez MacHor

     Evito leer muy seguidos libros del mismo autor, sobre todo si son novelas. En los libros de pensamiento ya sabes que el autor se repite: es un modo de perfilar sus ideas, de convencernos, de convencerse él mismo, de ver claro. Pero en el género de ficción se agradece la novedad. Como el escritor tiene su identidad, la reiteración es inevitable, no hay tabula rasa. La variedad viene en parte, de la imaginación del prosista, y en parte del olvido del lector. Con el tiempo se arrinconan detalles y meandros, lo que te permite saborearlo con paladar de novedad.

     La novela es un poco larga para mi gusto. No es una descripción linear, ni quiere serlo. Se demora en detalles, peculiaridades, algo que a las mujeres seduce, y a los hombres nos cansa cuando estamos ávidos por seguir el argumento. ¿Qué es lo siguiente, qué va a pasar? Y tropiezas con 4 páginas de descripciones. Como ya advertí anteriormente, sospecho que Lola MacHor es el alter ego de la autora; ahora me ocurre que en Jaime, marido de la juez, nos retrata a los hombres afanosos por conocer el desenredo de los hechos. ”Jaime suele ser duro en sus juicio. Mayormente piensa con la cabeza. Para él, el corazón es un órgano femenino, disoluto, voluble, débil, maleable. Yo no opino lo mismo. Estoy de acuerdo que se atona con cualquier fruslería; que imagina y cree lo que sueña; que puede llegar a ser sordo y ciego. Pero es mucho más profundo que la inteligencia. Llega hasta sitios que ella ni siquiera puede pergeñar. Y además, te enseña a ser humilde, porque te muestra a cada paso que eres falible, y hasta tonto”.

     Es decir, que la guarnición del argumento, está llena de recados, de divagaciones, de detalles que–a los hombres y a Jaime- nos parecen ornamentales, y para Lola –y creo que para Reyes Calderón- son esenciales. El temperamento de la protagonista facilita las cosas: “Si algo me salva es mi instinto. Yo huelo mentiras, cosas ocultas, dobleces; vacíos, artificialmente llenos. Los huelo, los percibo. Es como un sexto sentido que se despierta sin yo incitarlo, sin advertirlo. No lo domino, ni lo controlo y, por descontado, no me obedece. Pero está ahí, y con el tiempo he aprendido a hacer caso de ese extraño escalofrío que me sube por la espalda hasta morir en la nuca. Se fehacientemente cuando uno de mis hijos me miente. Y, naturalmente, sé cuándo lo hace un abogado defensor, o un acusado, aunque tengan costra”.

     Lola se enfrenta ahora con un serial killer, y lo hace de frente, sin miramientos, con su marca registrada. “Nunca he sido capaz de mirar de reojo la vida. Soy pasional en todo lo que hago. De no serlo, prefiero no involucrarme”. Busca la verdad y los argumentos que permitan demostrarla. Sin pruebas no hay culpa, sin culpa no hay castigo, ni se puede intervenir. Escudriñar evidencias al tiempo que se intenta frenar al criminal. A fuerza de brazos, con un trabajo hercúleo, porque no sabe estarse quieta, ni cuando la salud –una variante interesante de esta novela- lo requiere.“ ¡Qué terrible puede llegar a ser esa ingente colección de minutos cuando no tienes nada que hacer y, como es mi caso, no sabes estar sin hacer nada!” .

     El trabajo –aumentado por su instinto- la desborda. Y aprovecha la situación para dar un recado para las mujeres absorbidas por la profesión, que deben buscar la compatibilidad de un pluriempleo competente en todos los sectores. Algo muy femenino que detalla en una situación de lo más formativo (y que la escritora, madre de nueve hijos, debe conocer bien): “En mi cartera sólo había tarjetas de crédito y documentos oficiales. Y así siguió hasta que un buen día, sin preguntar, una de mis hijas las puso allí. Recuerdo que protesté. -Os veo todos los días, Maria, tarde y noche. ¿Para qué necesito llevar fotografías vuestras junto al carné de identidad? -Nunca se sabe, mamá. Podrías querer presumir de nosotros ante otros jueces. O, quizás, te podamos alegrar un día especialmente triste. Además, casi no ocupan. Y no pitan en los aeropuertos”.

     Parece que la novela cumplió su misión. Me distrajo durante una semana, me enganchó. Es de esos libros que te provocan y buscas la mínima oportunidad para retomar la lectura. Creo que me hizo descansar, pero no sé si dejé de pensar. Pienso que no, porque fui anotando algunas frases con densidad, que invitan a ser exprimidas para sacarles el zumo: “Todas las acciones, hasta las más nimias, tienen consecuencias. En ocasiones, son positivas; otras veces, negativas. Hay que asumir tanto las unas como las otras. (…) El mal es como un virus que, una vez inoculado, contamina inexorablemente al organismo receptor”. También a los hombres, querida Lola, nos cuesta estar sin hacer nada, sin pensar, sin intuiciones. Debe ser nuestro lado femenino que, naturalmente, nos enriquece.

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