Gregorio Marañón: Tiberio. Historia de un Resentimiento.

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Gregorio Marañón: Tiberio. Historia de un Resentimiento.
Editor original: Mezki ePub base v2.0. 1991. 237 pgs.
Editora: Espasa – Calpe Argentina. Ano: 1939. 315 páginas.

La relectura del libro clásico de Axel Munthe sobre la villa que se montó en Capri, y las historias de Tiberio -otro refugiado de la isla vecina a Nápoles- que se entrecruzan en la narrativa del médico sueco, fueron el empujón para leer este ensayo que estaba en mi lista de pendientes hace muchos años. Como lo tenía al alcance digital, no lo pensé dos veces y me zambullí en los pensamientos de Marañón, sabiendo que además de historia encontraría las análisis, siempre apasionantes, de la personalidad humana. Recordé los comentarios de un amigo historiador: decía que Marañón escribía sobre personajes históricos porque era la forma que tenia de plasmar lo que aprendía con sus propios pacientes sin faltar al secreto profesional. Un argumento que siempre me convenció. Aquí el protagonista es el emperador Tiberio, o mejor, la característica que cerca su personalidad según el médico español: el resentimiento. Ya en la introducción nos diseña los trazos del resentido: “El alma resentida, después de su primera inoculación, se sensibiliza ante las nuevas agresiones. Bastará ya, en adelante, para que la llama de su pasión se avive, no la contrariedad ponderable, sino una simple palabra o un vago gesto despectivo; quizá sólo una distracción de los demás. Todo, para él, alcanza el valor de una ofensa o la categoría de una injusticia. Es más: el resentido llega a experimentar la viciosa necesidad de estos motivos que alimentan su pasión; una suerte de sed masoquista le hace buscarlos o inventarlos si no los encuentra”. Es decir, resentimiento y susceptibilidad andan de la mano, y se retro alimentan. Siempre.

El resentido no nace, se hace. Depende de sus reacciones al ambiente que le
rodea como bien explica Marañón: “Ocurre sobre todo en los hombres
como Tiberio, de vida, a pesar de las apariencias, casi exclusivamente
interior; porque en ellos, las agresiones del ambiente, sobre todo cuando
son tan tremendas como las que le acometieron a él, producen esa
fermentación de las pasiones que estalla cuando menos se espera en formas
arbitrarias de la conducta y que se llama resentimiento(….) Pero, otras
veces, la agresión queda presa en el fondo de la conciencia, acaso
inadvertida; allí dentro, incuba y fermenta su acritud; se infiltra en todo
nuestro ser; y acaba siendo la rectora de nuestra conducta y de nuestras
menores reacciones. Este sentimiento, que no se ha eliminado, sino que se
ha retenido e incorporado a nuestra alma, es el resentimiento. El que una
agresión afectiva produzca la pasajera reacción que llamamos sentimiento o
bien el resentimiento, no depende de la calidad de la agresión, sino de
cómo es el individuo que la recibe”.
Queda claro que es la témpera interior -o su falta- lo que hace cuajar el
resentimiento, mucho más que el tipo y calidad de las agresiones. Y
Marañón, con su ojo clínico peculiar, diseca las causas que provocan la
reacción resentida. Por un lado, la falta de conocimiento propio, una
introspección que carece de reflexión: “El individuo introvertido es el que
peor se conoce a sí mismo. Nuestra propia personalidad se aprende fuera de
nosotros, en el espejo de las reacciones de los demás ante ella; y nunca
contemplándonos a nosotros mismos”. Y por el otro, el egoísmo, la falta de
generosidad: “El resentido es siempre una persona sin generosidad. Sin
duda, la pasión contraria al resentimiento es la generosidad, que no hay
que confundir con la capacidad para el perdón. El perdón, que es virtud y
no pasión, puede ser impuesto por un imperativo moral a un alma no
generosa. El que es generoso no suele tener necesidad de perdonar, porque
está siempre dispuesto a comprenderlo todo; y es, por lo tanto, inaccesible
a la ofensa que supone el perdón. La última raíz de la generosidad es, pues,
la comprensión. Ahora bien, sólo es capaz de comprenderlo todo, el que es
capaz de amarlo todo”.
Llegamos a un plano que es, em suma, el de la capacidad de amar, nivel en
que el resentido no transita: “El resentido es, en suma, un ser mal dotado
para el amor; y, por lo tanto, un ser de mediocre calidad moral”. Es decir,
un mal amador que se siente permanentemente mal amado y descuenta sus
carencias en los demás. Impresionante el ejemplo que Marañón coloca:
“Hay una frase de Robespierre, trágico resentido, que no se puede leer sin
escalofrío, tal es la claridad que proyecta en la psicología de la Revolución:
‘Sentí, desde muy temprano, la penosa esclavitud del agradecimiento’.

Cuando se hace el bien a un resentido, el bienhechor queda inscrito en la
lista negra de su incordialidad”.
Cuando el resentido llega al poder, su alma enferma reina soberana: “La
prueba del poder divide a los hombres que lo alcanzan en dos grandes
grupos: el de los que son sublimados por la responsabilidad del mando, y el
de los que son pervertidos. La razón de esta diferencia reside, solamente, en
la capacidad de los primeros para ser generosos, y en el resentimiento de
los segundos”. Una advertencia, de actualidad siempre presente, sobre la
fuerza corruptora del poder: depende de la témpera de cada uno, lo mismo
que las reacciones delante de las agresiones.
Profundiza Marañon en la posible terapéutica -que no parece curativa- de
esta dolencia. “El resentimiento es incurable. Su única medicina es la
generosidad. Y esta pasión nobilísima nace con el alma y se puede, por lo
tanto, fomentar o disminuir, pero no crear en quien no la tiene. La
generosidad no puede prestarse ni administrarse como una medicina venida
de fuera. Parece a primera vista que como el resentido es siempre un
fracasado en relación con su ambición, el triunfo le debería curar. Pero, en
la realidad, el triunfo, cuando llega, puede tranquilizar al resentido, pero no
le cura jamás. Ocurre, por el contrario, muchas veces, que al triunfar, el
resentido, lejos de curarse, empeora. Porque el triunfo es para él como una
consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento; y esta
justificación aumenta la vieja acritud. Ésta es otra de las razones de la
violencia vengativa de los resentidos cuando alcanzan el poder; y de la
enorme importancia que, en consecuencia, ha tenido esta pasión en la
Historia”.
Generosidad y simpatía, otro binomio importante, pues la segunda es
indicador de la primera. “Con absoluta constancia comprobaremos la
presencia de generosidad en el simpático, y en el antipático la ausencia de
esta virtud. La medida de la generosidad de cada alma es la medida de su
capacidad de simpatía. Y esto nos explica también la relación de la
antipatía con el resentimiento, puesto que la raíz de éste estriba, asimismo,
en la falta de generosidad. La acritud del resentido se infiltra poco a poco
en los estratos de su alma y aumenta la antipatía, inicial; por eso, el ciclo de
la antipatía del resentido no tiene fin”.
Las consideraciones sobre el alma femenina, tan del gusto de Marañon,
hacen presencia en este ensayo, encarnándose en algunas de las
protagonistas del drama de Tiberio. “Es famosa la frase de Catón de que los
hombres manejamos el mundo, pero las mujeres nos manejan a nosotros”.
Y anota a seguir un pensamiento de mucha tela, que no por molestar

quizás a las feministas, deja de ser verdad: “Cuando la mujer pretende
igualarse socialmente al varón, es evidente que todo lo que gana en
influencia externa lo pierde en influjo íntimo sobre el hombre. La mujer
emancipada ha dejado de ser la posible esclava del varón, pero a la vez ha
dejado también de ser su posible dueña. Se ha convertido sencillamente en
su rival, negocio en el que la mujer, casi siempre, sale perdiendo”.
Entre los muchos ejemplos lamentables (que no vale la pena citar) sabe
destacar lealmente las que se destacaron por su virtud: “Eran estas raras y
admirables mujeres, en realidad, las que libraban a Roma con la muralla de
su virtud, de la total corrupción (…) Como la pareja de cada especie animal
se salvó del Diluvio para perpetuarlas, después, así, cada vez que el decoro
humano parece que va a extinguirse para siempre, sobrenada el ejemplo de
alguna criatura aislada y heroica que con su dignidad salva la de todos los
hombres”.
Del alma femenina, Marañón saca consecuencias para el bien andar de los
matrimonios: “Casi siempre que un matrimonio se lleva tan bien, es porque
uno de los esposos manda y el otro obedece. No se ha inventado ni se
inventará otra fórmula para que los seres humanos vivan en paz; desde el
núcleo social inicial, que es el tálamo, hasta la nación, que es suma de
muchos hogares y el vasto mundo que cobija a todas las naciones. Lo que
importa es que el yugo inevitable se imponga por el que manda sin
insolencia, y se reciba sin humillación por el que obedece”. Y también, los
celos entre las féminas, que son siempre cáusticos: “En todos los tiempos
pueden citarse ejemplos de la saña con que las proletarias de la estética se
vengan de las mujeres de belleza ejemplar; y la venganza consiste casi
siempre en inventarles amantes”.
Las consideraciones históricas se mezclan con el análisis psicológica de los
personajes, fronteras poco delimitadas: “Cuando el historiador intenta
rehacer una figura pretérita, tal como fue cuando vivía en su humanidad
palpitante y no como simple protagonista de sucesos públicos, es inevitable
que se deje prender por un sentimiento de simpatía o de antipatía hacia ella,
compatible con la imparcialidad del juicio que su actuación oficial nos
puede merecer”. Consideración que se complementa con estos consejos:
“Acaso porque sólo creemos con verdadera fe, entre las cosas de este
mundo, aquellas que tememos o las que más vehemente deseamos; y lo de
menos es que sean ciertas o no (…) Los hombres, como los pueblos, sin fe,
son los que están dispuestos a cada instante a comulgar con ruedas de
molino (…) En Séneca encontramos unas palabras que, sin duda, se refieren
a esto cuando dice que hay que desconfiar de los que al hablar de sus
antepasados, cuando les falta un hombre, ponen en su lugar a un dios”.

Tiberio era un hombre “en quien la austeridad de su vida está tan vacía de
cordialidad que paraliza nuestra admiración. Sólo la virtud inflamada de
amor tiene la eficacia del ejemplo”. Una austeridad que no era virtud, como
subraya Marañón: “Tiberio, para conservar las leyes, destruyó las
costumbres (…) Tanto pueden la razón y el alma de las leyes, que no se
cumple con ellas cuando sólo se satisface su letra”. A lo que sigue una
explicación siempre actual que desenmascara los que enarbolan banderas
sociales y se omiten en los detalles domésticos: “Es esta disociación entre
la caridad pública y la individual achaque muy común de los grandes
filántropos: los que subvencionan con millones copiosos una obra social,
pero son incapaces de sacar de su bolsillo una moneda de cobre para
dársela con recato y con ternura a quien la pide, sin preguntarle para qué.
Ésta es la diferencia entre filantropía y caridad. La filantropía es, sobre
todo, cantidad; y la caridad es, ante todo, amor”.
Aun así, Marañón no suscribe las leyendas de la vida disoluta de Tiberio
cuando se retira a la isla con 67 años, “una edad en que ya se busca, por lo
común, tomar tranquilamente el sol sentado en un banco y encomendar el
espíritu a la divinidad, como hacía en Yuste nuestro Carlos V, y también,
probablemente, Tiberio en Capri”. E invoca al médico sueco: “Axel
Munthe, actual poseedor de una de las villas de Tiberio en Capri, que siente
por el terrible César un entusiasmo de huésped agradecido y una simpatía
que su antecesor en el dominio de la isla divina no logró alcanzar de
ninguno de su coetáneos, nos habla con arrobo del raro sentido del humor
de Tiberio”.
Un humor ácido, de resentimiento fermentado: “Hay dos frases suyas que
definen su infinita soledad espiritual, sin amarras con el pasado ni con el
porvenir. Las dos las refiere Séneca. Una vez, un hombre cualquiera se
dirigió a Tiberio y comenzó a hablarle, diciéndole: ¿Te acuerdas, César…?
y el César le atajó sombríamente: ‘No, yo no me acuerdo de nada de lo que
he sido’. La otra frase es un versículo griego que Tiberio repetía muchas
veces y que indica su renunciación a toda esperanza: ‘¡Después de mí, que
el fuego haga desaparecer la tierra!”.
Marañon publica estas consideraciones de la soledad resentida de Tiberio
en 1939, al final de los años devastadores da la guerra civil española, que
es telón de fondo de este ensayo singular. Por eso, sus consejos siempre
sabios, sirven para aprender con la vida amarga de Tiberio, para retomar la
iniciativa después de los destrozos españoles, y para reconstruir la propia
vida en cualquier circunstancia. “Cada ser humano hace en esta vida
papeles distintos: los que le imponen las fuerzas ocultas que brotan de su
alma en combinación, inexorablemente variada, con las reacciones del

ambiente, las de los otros hombres y las cósmicas. Somos, sin saberlo,
instrumento ciego del juego contradictorio del destino, cuyo secreto sentido
sólo conoce Dios (…) En realidad, no ya cada edad de la vida —que puede
ser, cada una, como una vida diferente— sino, en ocasiones, cada año y aun
cada hora, si están cargados de motivos trascendentales, pueden suponer
una modalidad nueva de la vasta personalidad del ser humano”. Témpera
interna para digerir los desafíos, y transcendencia que nutre los motivos de
la actuación diaria. Un aprendizaje necesario para la madurez!

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