(Español) Paloma Sánchez-Garnica: “La Sonata del Silencio”

Gabriel Brandão Leave a Comment

Paloma Sánchez-Garnica: “La Sonata del Silencio”. Planeta. Barcelona. 2014. 892 pgs.

CAPA Paloma Sánchez-Garnica - La Sonata del Silencio     Tropecé con este libro –del que nada sabía- cuando entré a comprar otros que estaban en mi lista. Estaba expuesto al por mayor, en la Casa del Libro. Di un vistazo, reconocí a la autora, y seducido por el agradable sabor de boca que me dejó su obra anterior, que me encantó, no lo pensé dos veces.

     La habilidad narrativa de Sánchez-Garnica me había conquistado anteriormente. Y vi que la topografía de la novela sintonizaba con mis gustos. El Madrid de pos guerra, un mundo de castañeras y carboneros, y la vida en un edificio cualquiera donde los tabiques separan historias diferentes de vida, que nunca son paralelas porque se juntan a todo momento. En la escalera, en los descansillos, en las chácharas con el portero de turno. Aunque la pos guerra me queda un poco lejos, lo de los vecinos lo he vivido muy de cerca en mi infancia. Amistades formidables, casi como los lazos de la sangre, que perduran por generaciones; y más que amistades, matrimonios que surgen de los que se conocen como críos y acaban constituyendo familia. Fue el caso de mis padres, sin ir más lejos.

     Me zambullí en la lectura, y en las primeras páginas disfruté con la descripciones. El olor de los patios interiores, el rumor de las radios, la ropa tendida, los gritos de las vecinas. Algo que me era muy familiar. Pero noté, desde el principio, que el fantasma de la guerra –y de los itinerarios diferentes que condujo a unos y otros- se agigantaba. Y no solo de la contienda y de las opiniones políticas, sino de algo más gordo, agrío, desagradable: el resentimiento, la envidia, la traición. Así lo describe, quizá para justificarse, la propia autora: “Tras la guerra, la vida les había dado la oportunidad de volver a encontrarse, pero la realidad había cambiado para todos, y el destino de cada uno corrió por derroteros muy distintos, con suerte muy dispar para cada uno de ellos, con latentes recelos que presentían traiciones pasadas que, a pesar del tiempo, se mantenían siempre en la conciencia incapaz de borrar su corrosivo recuerdo, de diluir la visión de la vileza, conscientes ambos de que la amistad nunca es perfecta y que siempre puede haber inquietantes sombras difíciles de ocultar, imposibles de olvidar, más para el traidor que para el traicionado, que sospecha la deslealtad desconociendo la verdad (…)El olvido de una afrenta es tuerto y descuidado, y ante situaciones extremas, puede retornar inoportuno siempre”

     Después de leer una cuarta parte del libro, paré de tomar notas. Los relatos, bien escritos, pierden color delante de la absoluta falta de virtud de los personajes. Los golpes e infortunios que se suceden –y también las cosas buenas- no hacen mella en una larga fila de protagonistas que cristalizan en actitudes deplorables, y se mantienen en sus trece, sin asomo de corrección. Los actores pasan a segundo plano, y quien asume el protagonismo es toda la retahíla de vicios capitales: el orgullo, la envidia corrosiva, el rencor, la lujuria, la avaricia. Un mundo donde los diversos personajes sucumben porque en el fondo no consiguen seguir el consejo que uno de ellos proclama en un momento de lucidez: “Estamos en una jungla y únicamente sobrevivirán quienes tengan más resistencia a la mugre moral y sean capaces de soportar la ferocidad humana”.

     Y para mayor inri, tropezamos continuamente con un velo hipócrita que encubre con actitudes religiosas( ?), las conductas más zafias y donde más que olor a incienso lo que se huele es azufre diabólico, de los últimos círculos del infierno. Nadie se salva en esta jungla; por supuesto ni el cura, figura deplorable que es sal de todos los platos, y que nada condimenta. “Y arrojaron cada uno sobre los hombros del confesor amigo, o del amigo confesor, la mala conciencia de unos, la sospecha de otros y la condena de todos”.

     Muchas páginas, poca miga, y esta vez un sabor de boca agrio, mezcla de lo que te produce arcadas, o del gusto que sobra después del vómito. Una pena, porque Sánchez-Garnica escribe muy bien. Pero se le ha escapado la historia –que también es excesivamente larga, cuenta mucho pero falta solidez al argumento- y camina a piñón fijo sobre las miserias humanas. Habrá que esperar su próxima producción…Aunque me voy a permitir echarle tiempo, bastante. Uno tarda más en recuperarse de las decepciones. Por aquello de que corruptio optimi pessima

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